
En casi 35 años de actividad profesional como consultor político, asesorando campañas, gobernantes y gobiernos en América Latina, nunca perjudiqué a un cliente con mi presencia pública ni me extralimité en las atribuciones y funciones que me fueron confiadas. No lo digo como una medalla. Lo digo porque, con el tiempo, he llegado a pensar que esa debería ser una de las reglas elementales de este oficio. Mientras más desapercibido pase el consultor, mejor.
La consultoría política es una profesión peculiar. Uno trabaja muy cerca del poder, conoce decisiones antes de que sean públicas, participa en conversaciones que difícilmente se repiten fuera de una oficina y, en ocasiones, tiene acceso a una intimidad política que ni siquiera poseen algunos colaboradores formales. Esa proximidad puede resultar embriagadora. El peligro comienza cuando el consultor confunde cercanía con poder, confianza con propiedad o influencia con protagonismo.
Un consultor no fue elegido por nadie. No tiene mandato popular. No representa a los ciudadanos y, salvo que además ocupe una función pública, tampoco forma parte del gobierno. Su legitimidad proviene exclusivamente de la confianza profesional de quien lo contrata. Y esa confianza impone límites.
El primero es la discreción. Un buen consultor debe saber cosas que jamás contará y escuchar conversaciones que nunca repetirá. No porque exista algún código secreto de iniciados, sino porque la confidencialidad es parte sustancial del contrato, incluso cuando no está escrita. El cliente debe poder pensar en voz alta, admitir dudas, explorar alternativas y reconocer errores sin temer que, algún día, esas confidencias terminen convertidas en anécdotas para una entrevista, una columna o una tertulia.
El segundo límite es la figuración. En política existe una tentación particularmente peligrosa, y es que quien ayuda a construir una estrategia termine queriendo aparecer en la fotografía. El consultor empieza explicando una campaña y termina hablando de sí mismo, comenta una decisión que debería explicar el gobernante, deja entrever que fue él quien tuvo la idea, revela, con calculada modestia, que estuvo detrás de tal o cual éxito. Es el comienzo de una inversión perversa de los papeles.
El asesor no debe competir con su cliente por el reconocimiento. Si una estrategia funciona, el mérito público corresponde a quien asumió el riesgo, puso la cara y recibió los votos. El consultor puede experimentar la satisfacción íntima de haber contribuido a ese resultado. No necesita convertirla en espectáculo.
Hay algo todavía más delicado. La utilización de la confianza para obtener beneficios extraordinarios. El acceso privilegiado a un gobernante, a una institución o a determinados círculos no puede convertirse en moneda de cambio para negocios personales, contratos dudosos, intermediaciones innecesarias o privilegios que desborden la relación profesional. Quien aprovecha una posición de confianza para enriquecerse o aumentar su influencia está dejando de ser consultor. Está utilizando al cliente.
También existe una frontera que algunos olvidan. Asesorar no es gobernar. El consultor tiene derecho, y obligación, de decir aquello que el cliente quizá no quiera escuchar. Puede advertir, cuestionar, disentir y recomendar incluso decisiones políticamente incómodas. Pero la decisión final pertenece a quien tiene la responsabilidad política. El asesor que pretende gobernar desde la sombra termina haciendo daño a los dos, en primer lugar al gobernante, porque invade un espacio que no le corresponde, y en segundo lugar, a sí mismo, porque transforma una relación profesional en una relación de poder.
La templanza resulta, por eso, tan importante como el conocimiento. Hay consultores extraordinariamente inteligentes que fracasan por no saber contenerse. Quieren estar en todas partes, opinar sobre todo, ser reconocidos por todos. Confunden influencia con exposición. No entienden que en esta profesión muchas veces el mejor trabajo es precisamente aquel cuya autoría nadie conoce. Quizá la paradoja más hermosa del oficio sea esa, que el consultor puede trabajar intensamente para producir un resultado cuya paternidad pública jamás le será reconocida. Y debería sentirse satisfecho.
Con los años he aprendido que la verdadera influencia política no necesita micrófonos. Que la confianza se construye mucho más fácilmente de lo que se conserva. Que un secreto bien guardado puede valer más que cien apariciones en televisión. Y que la mejor manera de demostrar que uno estuvo cerca del poder es no tener necesidad de contarlo. Un consultor político debería aspirar a ser como esos buenos arquitectos cuya presencia desaparece cuando el edificio está terminado. Si todo funciona, nadie pregunta quién calculó una estructura, dónde se corrigió un plano o quién advirtió que una pared podía venirse abajo. Lo importante es que el edificio permanezca en pie.
En política ocurre algo parecido. El consultor debe ayudar a construir, advertir dónde están las grietas, señalar los riesgos, corregir los planos y retirarse discretamente cuando corresponde. La obra, finalmente, pertenece a quien tiene la responsabilidad de habitarla y responder por ella. Después de casi 35 años, sigo creyendo que una de las mejores cosas que puede decirse de un consultor político no es que fue poderoso, indispensable o famoso. Es algo mucho más sencillo … estuvo allí, hizo bien su trabajo y nunca perjudicó a su cliente por querer que todos supieran que estaba allí. Mientras menos se vea al consultor, mejor.









