La reciente conferencia del Banco Central de Bolivia (BCB) deja algunas señales positivas, particularmente una mayor diferenciación institucional respecto de la política económica conducida por el Ministerio de Economía y Finanzas. En un contexto de baja credibilidad, esta autonomía discursiva importa: reconstruir la reputación del Banco Central será tan importante como recomponer sus reservas.
El nuevo tipo de cambio aún no termina de nacer
En materia cambiaria, el BCB ratificó que Bolivia se encuentra en un proceso de transición hacia un régimen de tipo de cambio flexible, determinado fundamentalmente por la oferta y demanda de divisas, reservándose la posibilidad de intervenir excepcionalmente. El problema es que todavía no se conocen con claridad los criterios, magnitudes o circunstancias que activarían esas intervenciones. Esta ambigüedad puede alimentar precisamente aquello que se quiere combatir: la incertidumbre. Si, como reconoce el propio BCB, los agentes económicos están aprendiendo a operar bajo el nuevo régimen, la prioridad debe ser construir reglas comprensibles, expectativas de estabilidad y un marco cambiario predecible. En ese sentido, no debería descartarse algún esquema explícito de banda cambiaria o parámetros transparentes de intervención.
Lá vuelta de Milton Friedman al BCB
El segundo mensaje importante es el cambio de ancla nominal. El tipo de cambio dejó de cumplir esa función y el BCB pretende trasladarla hacia la política monetaria y el control de la inflación. Para reforzar la señal, recurrió explícitamente a Milton Friedman y a su conocida afirmación de que “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. Como declaración de compromiso de un Banco Central con la estabilidad de precios, el mensaje es comprensible. Como explicación general de la inflación, resulta bastante más discutible.
En Bolivia, la dinámica de precios también responde a choques de oferta, bloqueos prolongados, escasez de combustibles, conflictos distributivos y restricciones estructurales de producción y abastecimiento. La política monetaria puede combatir los efectos de segunda vuelta y evitar que estos choques se conviertan en inflación persistente, pero difícilmente puede producir diésel, levantar bloqueos o aumentar la productividad mediante operaciones de mercado abierto.
El oro maldito
Un tercer anuncio fue la decisión de suspender las compras de oro a productores nacionales para inducirlos a vender sus divisas en el mercado cambiario. El efecto práctico puede ser limitado: el problema central es que buena parte del sector aurífero ya se encuentra fuera de los canales que alimentaban regularmente al sistema formal de divisas. Si las exportaciones de oro pasaron de alrededor de US$3.000 millones en 2022 a cifras cercanas a US$600 millones, el desafío no consiste simplemente en que el BCB deje de comprar oro, sino en recuperar transparencia, formalidad y oferta efectiva de dólares proveniente del sector.
Más controvertida es la propuesta de liberar las 22 toneladas de oro actualmente protegidas legalmente para transformarlas en activos líquidos y fortalecer las reservas internacionales. Desde una perspectiva financiera, la operación aumenta la liquidez de las reservas, pero fundamentalmente modifica su composición: convertir oro en dólares no crea riqueza externa nueva. Además, existe un problema de economía política. Después de la experiencia con las anteriores 22 toneladas utilizadas durante el gobierno de Luis Arce, cualquier flexibilización despertará comprensiblemente el temor de que la mayor liquidez termine financiando gasto corriente o defendiendo temporalmente desequilibrios insostenibles. Si se abre esa puerta, debería acompañarse de reglas estrictas sobre el destino y utilización de esos recursos.
Mejoran las RI
Finalmente, el BCB informó que sus reservas líquidas en divisas ya superan los US$1.133 millones. Es una señal favorable y constituye otro ladrillo en la difícil reconstrucción de las reservas, pero sobre todo de la credibilidad y reputación institucional del Banco Central. El desafío ahora es convertir señales aisladas en una estrategia coherente: política monetaria consistente, disciplina fiscal compatible, reglas cambiarias transparentes y acumulación sostenible de reservas.
En un régimen flexible, el Banco Central no necesita prometer que el dólar nunca se moverá. Necesita convencer a la población de que, cuando se mueva, existen reglas, instrumentos y una institución creíble detrás del movimiento. Esa es la verdadera nueva ancla.









