El ocaso que Portugal no quiso cuidar

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Hay despedidas que son un himno y otras que son un portazo. Esta semana el fútbol mundial las ha tenido enfrentadas, como si el destino hubiera querido enseñarnos, con la crudeza de un contraste pictórico, la distancia que separa la gratitud de la ingratitud. En Copenhague, Cristiano Ronaldo abandonó la concentración de la selección de Portugal horas después de que su técnico confirmara que tampoco lo utilizaría ante Dinamarca. Se fue sin estruendo, con un mensaje sobrio y una promesa inquietante: que a su debido tiempo dirá la verdad. Lo que ocurrió allí merece algo más que el cotilleo de la jornada. Merece una reflexión.

Conviene decir primero lo que es innegable. Un hombre que ha sostenido durante más de dos décadas la cúspide de un deporte global no es solo un atleta: es una institución, un patrimonio simbólico de su pueblo. Es el máximo goleador y el jugador con más partidos en la historia de su selección. Quien lo ubique entre los cinco mejores futbolistas de lo que va del siglo no exagera: describe. Portugal no fue únicamente el escenario de su genio. Fue, en buena medida, la caja de resonancia que le permitió al mundo escucharla. Una nación pequeña en su geografía se volvió grande en el imaginario colectivo porque un hombre decidió cargarla sobre los hombros.

Resulta, entonces, desconcertante la ligereza con que se administra ese legado. El entrenador Jorge Jesús sostuvo ante la prensa que no había conflicto alguno, que las reglas son iguales para todos, que se trataba de una simple decisión técnica. Pero la lógica del banquillo, impecable en el papel, suele ser torpe en el alma. Hay decisiones correctas en la forma que son devastadoras en el fondo, y un gestor de talentos no es solo quien alinea once nombres, sino quien comprende el peso simbólico de cada uno de ellos. Calentar largamente junto a la línea de banda para que el nombre jamás sea pronunciado es una forma de eutanasia pública, administrada con el protocolo de la normalidad.

Tampoco escapa a la crítica la conducción institucional. Un presidente federativo que viaja a apagar un incendio ya declarado confirma que la prevención fue la gran ausente. Gobernar una federación es gobernar una narrativa, y esta se escribió sola, con los peores adjetivos. El comunicado oficial, aséptico y burocrático, que habla de «objetivos definidos» y de «foco absoluto», parece redactado para un balance contable, no para una figura que ha hecho latir a un país entero. Cuando la liturgia institucional se impone al reconocimiento de lo humano, el resultado es la frialdad de una oficina donde debería haber una casa.

Habrá quien, con tono grave, hable de la disciplina del grupo y del peligro de los egos. Es un argumento respetable, pero incompleto. No sería ocioso preguntarse, con la prudencia de quien formula una hipótesis y no una sentencia, si en torno a una figura de esa magnitud no se ha instalado, de modo tácito, la vieja sociología del resentimiento. Las comunidades suelen admirar a sus gigantes mientras los necesitan y fiscalizarlos cuando ya no. Las dos últimas citas mundialistas dejaron, para muchos observadores, la sensación de una estrella mal acompañada, o al menos mal comprendida. Y la pregunta, aunque incómoda, es legítima: ¿se juega al lado de un genio o simplemente se lo soporta?

Y, sin embargo, sería injusto convertir al ídolo en un mártir sin sombras. Un capitán es también una pedagogía: lo que hace, lo enseñan sus actos antes que sus palabras. Abandonar la concentración en vísperas de un compromiso, aunque la herida sea real, abre una grieta en el principio de lo colectivo, y la leyenda mejor sostenida es la que sabe que la dignidad no se defiende solo con la ausencia, sino también con la presencia silenciosa. Hay una grandeza en quedarse que a veces supera a la grandeza de irse. Con todo, el juicio sobre la forma no puede cegarnos ante el fondo: nadie parte así de un lugar donde se siente querido.

Al otro lado del Atlántico, la escena ha sido su exacto reverso. Argentina despidió a Lionel Messi con una fiesta a la altura de su trayectoria, un rito donde el agradecimiento colectivo selló una carrera con la solemnidad que merece lo extraordinario. Allí, el homenaje fue tiempo detenido; en Portugal, el tiempo fue una guillotina. Dos astros, dos épocas gemelas, dos desenlaces antípodas: la luz que se celebra y la sombra que se administra. No hay en ello justicia poética, sino simple azar de contextos, y de ese azar nacen las ironías más amargas de la historia del deporte.

Todo esto nos habla de una época obsesionada con lo efímero, que consume ídolos con la misma voracidad con que los erige. Vivimos en una sociedad del espectáculo cansada de sus propios héroes, que exige de ellos rendimiento perpetuo y les niega, en cambio, el derecho a envejecer con dignidad. Se aplaude la juventud con fervor idólatra y se despacha la madurez con una cortesía fría. Pero el tiempo, ese árbitro implacable, no hace excepciones: llega para todos. Lo que distingue a una cultura madura de una inmadura es la manera en que acompaña a sus figuras en ese tránsito, con el respeto de quien sabe que mañana le tocará a él.

Cristiano no ha anunciado su retirada de la selección, y estos días ha dicho su verdad, responsabilizando al técnico de Portugal de haber mentido en la rueda de prensa ofrecida por él a los medios; oportunidad en la cual debía pedir disculpas, algo que no hizo y por tanto lo calificó de, mentiroso. Mientras tanto, a Portugal le corresponde una tarea más hondamente moral que deportiva: recordar que las naciones se miden por cómo despiden a sus grandes, y que ningún triunfo futuro compensa del todo el pecado de la ingratitud. Pues, al final, todo gran capítulo exige un epílogo digno, y los pueblos que lo olvidan acaban siendo juzgados por la misma historia que aplaudieron.

En la retórica de los eufemismos, todo lo mejor para la Argentina despidiendo a su ídolo y la incertidumbre de Portugal a través de la crítica mundial en contra de su técnico, el presidente de su federación y el descrédito de los jugadores de su selección por una envidia incomprensible y hasta enfermiza.

Esta historia aún, no ha terminado.

 

 

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