Rieles hacia el Pacífico y Atlántico

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El autor es Licenciado en Economía por la UMSA. Doctorado Ph.D. en Relaciones Internacionales por la Universidad del Salvador (Argentina). Académico de número de la ABCE y presidente de la Federación de Empresarios Privados de La Paz (FEPLP). 
 
 

Si Bolivia aspira a ser un actor central del Corredor Bioceánico, debe acelerar la integración ferroviaria nacional, articulando las redes Oriental y Occidental, que en conjunto superan los 3.000 kilómetros. Esta conexión es clave para mejorar la competitividad, reducir costos logísticos y consolidar al país como eje de la integración regional, en un contexto donde la infraestructura define el acceso a mercados.

En una reciente reunión impulsada por el Ministerio de Obras Públicas, empresarios y productores destacaron que una política ferroviaria sólida permitiría incrementar exportaciones, fortalecer la conectividad y dinamizar la economía. En la cumbre “Bolivia: corazón de integración latinoamericana – Política nacional de ferrocarriles”, el presidente reiteró la meta de interconectar al país con sus cinco fronteras: Chile, Brasil, Paraguay, Argentina y Perú.

Diversos actores coincidieron en la urgencia de abrir al país al mundo mediante mejores infraestructuras. Desde el sector empresarial se subrayó que la logística es fundamental para movilizar la producción y ampliar mercados. En esa línea, la interconexión ferroviaria no solo ampliaría las opciones de transporte, sino que permitiría recuperar competitividad en el comercio exterior y reducir tiempos de traslado, un factor clave en mercados globales cada vez más exigentes.

El ferrocarril no debe verse como competencia del transporte, sino como complemento. 

Entre sus ventajas, el transporte ferroviario es más económico, seguro y eficiente para grandes volúmenes. Además, genera menor impacto ambiental, ofrece servicios regulares y contribuye a una logística más ordenada. A ello se suma su menor consumo de combustible por tonelada transportada, lo que lo convierte en una alternativa más sostenible frente a los desafíos energéticos y climáticos actuales.

Sin embargo, la desconexión entre las redes Andina y Oriental limita estos beneficios, eleva costos y reduce la competitividad del país en mercados internacionales. Esta fragmentación también obstaculiza la integración regional. Bolivia, que podría ser un puente natural entre el Atlántico y el Pacífico, depende en exceso de carreteras más costosas y menos sostenibles. Asimismo, la falta de conexión ferroviaria desincentiva la inversión privada, al percibirse como un riesgo logístico para proyectos de gran escala.

Para consolidar al país como corredor bioceánico, la solución es clara: conectar ambas redes ferroviarias. No obstante, este desafío implica importantes costos y dificultades técnicas. El principal obstáculo es la diferencia de trochas: la Red Andina utiliza trocha métrica (1.000 mm), mientras que la Oriental emplea trocha estándar (1.435 mm), una brecha que ha impedido la integración durante más de un siglo.

Existen tres alternativas para superar este problema. La primera es construir un tramo de enlace con trocha mixta, que permita la circulación de ambos sistemas. La segunda es la conversión progresiva de una de las redes a la trocha predominante en la región. Y la tercera es implementar tecnologías de cambio automático de bogies en estaciones de transferencia, reduciendo tiempos y costos operativos y mejorando la eficiencia del sistema.

Cualquiera sea la opción elegida, el éxito dependerá de una combinación efectiva de visión estratégica estatal, cooperación internacional e inversión significativa. Solo así se podrán diseñar rutas eficientes que reduzcan la presión sobre las carreteras, disminuyan emisiones de CO₂ y promuevan un transporte más sostenible, integrando además a regiones hoy aisladas y generando nuevas oportunidades de desarrollo local.

La integración ferroviaria no es solo una obra de infraestructura, sino una oportunidad histórica para transformar la economía boliviana. Conectando sus redes, el país puede convertirse en un verdadero puente bioceánico, mejorar su competitividad y generar beneficios tangibles para sus regiones y comunidades, impulsando un crecimiento más equilibrado, inclusivo y sostenido en el largo plazo.

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