
La economía clásica parte de una premisa contundente: los individuos son racionales y, por lo tanto, toman decisiones orientadas a maximizar su beneficio. Sin embargo, basta observar la vida diaria para advertir que esa racionalidad es, en muchos casos, más un ideal teórico que una descripción realista del comportamiento humano. Las personas deciden bajo emociones, impulsos, miedos o sobre la base de percepciones equivocadas.
La economía del comportamiento, que combina psicología y economía, intenta precisamente explicar por qué actuamos de esa manera. Este campo se basa en evidencia empírica que demuestra que, aun con información suficiente, las personas no siempre eligen lo que se consideraría la opción “racional” u “óptima”.
El aporte de Kahneman y Tversky
Paradójicamente, fueron dos psicólogos —Daniel Kahneman y Amos Tversky— quienes dieron las mayores luces para comprender estos patrones. En sus investigaciones identificaron sesgos que influyen de forma sistemática en nuestras decisiones. Entre ellos destaca la heurística de disponibilidad, que nos hace creer que un hecho es más común o probable simplemente porque lo recordamos con facilidad.
Un ejemplo clásico se refiere a los ataques de tiburones u osos: basta leer una noticia aislada para que muchas personas piensen que estos eventos son frecuentes, cuando en realidad son extremadamente raros. Esta distorsión perceptiva, hoy amplificada por redes sociales como TikTok o Instagram, hace que la viralidad sustituya al dato y que la sensación prevalezca sobre la evidencia.
Cuando la psicología se convierte en estrategia
La economía del comportamiento no quedó restringida a los estudios académicos: rápidamente comenzó a aplicarse en estrategias comerciales y en el diseño de políticas públicas.
Los llamados “nudges” —o “empujones”— se utilizan para guiar decisiones sin imponer reglas. En el sector privado, su presencia es evidente. Basta pensar en la “compra impulsiva”, esa que se desencadena cuando un producto se coloca estratégicamente junto a la caja registradora.
Otro ejemplo conocido es la psicología de los precios: los valores terminados en 9, los descuentos expresados como porcentajes o la división del precio en partes buscan estimular la compra mediante percepciones más favorables. Estas tácticas, ampliamente estudiadas, han demostrado ser muy eficaces para inducir decisiones rápidas y poco meditadas.
Aplicaciones en políticas públicas
En los últimos años, varios gobiernos han comenzado a utilizar herramientas de economía del comportamiento para mejorar la gestión pública.
Un caso interesante es el de Buenos Aires, donde se introdujeron nudges para incentivar el pago de impuestos. Se enviaron mensajes personalizados a los contribuyentes y se implementó un sorteo para financiar la construcción de aceras entre quienes estaban al día con sus obligaciones. Los resultados fueron claros: cuando el buen comportamiento se reconoce mediante un bien público visible, la respuesta ciudadana mejora sustancialmente.
Oportunidades para Bolivia
En Bolivia, la economía del comportamiento podría convertirse en una herramienta particularmente útil en un momento marcado por la crisis energética. Medidas de bajo costo y alto impacto podrían contribuir al ahorro de combustibles y electricidad.
Una de ellas es la adopción de un horario continuo, que reduciría hasta en un 30% el consumo de carburantes al eliminar los desplazamientos del mediodía y disminuiría, además, el uso de electricidad por las tardes. Esta política, implementada en diversos lugares del mundo, facilita la movilidad urbana y genera ahorros tanto para el Estado como para las familias.
Otra experiencia internacional relevante proviene de países europeos que, durante el verano, adelantan la jornada laboral. Este cambio permite que las personas salgan más temprano y dispongan de mayor tiempo libre. El efecto económico es positivo: aumenta el consumo de bienes y servicios de ocio, especialmente en negocios locales, generando un círculo virtuoso de actividad económica. De manera similar, trasladar feriados hacia los fines de semana largos se ha convertido en una estrategia eficaz para dinamizar el turismo interno.
El impacto de la comunicación en el comportamiento
La economía del comportamiento también ayuda a comprender el peso de la comunicación pública. Cuando una autoridad afirma que existe combustible disponible solo para unos meses, es previsible que la población corra inmediatamente a abastecerse. El resultado es un incremento súbito de la demanda, largas filas, caos y, en muchos casos, especulación. Lo que se pretendía controlar termina agravándose. Este tipo de mensajes activa los temores colectivos y desencadena comportamientos que aceleran la crisis en vez de moderarla.
En conclusión, la economía del comportamiento ofrece una mirada más realista y humana sobre la forma en que decidimos. Sus enseñanzas permiten diseñar políticas públicas más inteligentes, anticipar reacciones sociales y evitar errores costosos, especialmente en contextos delicados como el energético. Para Bolivia, incorporar estas herramientas podría contribuir a enfrentar desafíos urgentes mediante soluciones simples, de bajo costo y basadas en cómo realmente se comportan las personas, y no en cómo suponemos que deberían hacerlo.









