La Diplomacia del Agua en la era del cambio climático: la proyección estratégica para Bolivia 

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Especialista en Relaciones Internacionales y Gobernanza Climática Internacional; Ex Viceministro de Gestión Consular e Institucional de la Cancillería de Bolivia
 


Este 17 de septiembre, la Organización Meteorológica Mundial(OMM) publicó el “Informe sobre el estado de los recursos hídricos mundiales en 2025”, documento que sitúa al año 2025 como uno de los más secos para el caudal de los ríos en las últimas tres décadas y media. Además, advierte que el almacenamiento total de agua dulce en la superficie terrestre ha registrado un descenso continuo durante la última década, una tendencia que, junto con la alteración de otras variables hidrológicas, compromete gravemente la disponibilidad del recurso para las futuras generaciones.

El hallazgo más preocupante es el progresivo agotamiento de las reservas de agua como acuíferos subterráneos, glaciares y la cubierta de nieve (o acuíferos de respuesta lenta), quehistóricamente han funcionado amortiguando las sequías. La OMM enfatiza que el retroceso de glaciares se ha generalizado a escala global, registrándose pérdidas netas de masa en todas las regiones por cuarto año consecutivo. Esta situación ha llevado a que algunas zonas con glaciares más pequeños (Europa Central, el Cáucaso y el oeste de Norteamérica), se aproximen a condiciones donde el deshielo comienza su incremento hasta un punto irreversible.

La OMM subraya que la naturaleza transfronteriza del agua exige la urgente necesidad de consolidar mecanismos de cooperación internacional, ya que el balance hídrico de una cuenca o la presencia de un glaciar impactan a poblaciones situadas a cientos de kilómetros en países vecinos. 

Para Bolivia, esto representa una alerta de primer orden, ya que es el único país en la región que pertenece a la cuenca del Amazonas, del Plata y la endorreica del Altiplano, simultáneamente. Por ese motivo, no debemos perder de vista a Bolivia como un actor estratégico en América del Sur cuando se trata de la gestión integral de cuencas y la conservación de glaciares y humedales,entre otros. Sin embargo, para lograr un impacto real, debemos superar el enfoque meramente técnico e integrar los recursos hídricos a la Política Exterior mediante la Diplomacia del Agua.

¿Qué es la Diplomacia del Agua? 

Aunque no hay una definición única, existen convergencias sobre sus elementos fundamentales. La Diplomacia del Agua trasciende la gestión técnica y su objetivo estratégico es transformar el riesgo de disputas sobre este recurso a oportunidades concretas de cooperación, entendiendo que el agua no debe ser una causa inevitable de enfrentamiento geopolítico sino un catalizador para la estabilidad, la paz regional, la integración y las relaciones de buena vecindad. Bajo esta visión, se enfoca en la gestión compartida, conjunta y coordinada de los recursos hídricos entre Estados, no obstante, no se trata de un diálogo exclusivo entre Cancillerías, ya que involucra a una diversidad de actores que incluye a instituciones científicas, organismos internacionales, gobiernos locales, comunidades indígenas y sociedad civil, bajo una gobernanza multinivel que garantice soluciones con viabilidad técnica, social y ambiental. 

La Diplomacia del Agua contemporánea integra el Derecho Humano al Agua, la resiliencia ante el cambio climático y el desarrollo sostenible, posicionando a la protección de los ecosistemas hídricos como un pilar fundamental para la seguridad humana.

En los últimos años, Bolivia ha empleado algunos de estos elementos en sus declaraciones bilaterales y multilaterales, destacando de manera general la importancia de promover el diálogo para facilitar la cooperación, gestionar recursos transfronterizos y resolver de forma pacífica potenciales conflictos. Sin embargo, el país aún no ha alcanzado una profundización sólida en la materia. Frente a los desafíos climáticos y la crisis hídrica regional, para Bolivia este asunto no puede quedarse en la retórica, debe integrarse, estructurarse y proyectarse estratégicamente a través de su Política Exterior.

Un ejemplo reciente de la importancia de los fundamentos de la Diplomacia del Agua es el fallo de la Corte internacional de Justicia (CIJ) respecto a la “Disputa sobre el estatus y el uso de las aguas del Silala (Chile v. Bolivia)”. En particular, en los párrafos 156 y 157 donde se aborda que Bolivia podría desmantelar las obras de canalización situadas en su territorio, siendo interés de Chile el mantener los mismos en relación con el caudal superficial del agua. Al respecto, Bolivia planteó que, si Chile pretendiera en el futuro mantener dichas canalizaciones para seguir recibiendo el caudal superficial «mejorado», cualquier condición, modalidad o compensación debería ser objeto de un acuerdo negociado entre ambos Estados. Aunque en el párrafo 157 Chile indico que no tenía objeción alguna a que Bolivia desmantelara dichas obras, el planteamiento boliviano destacó que el derecho internacional fomenta la celebración de acuerdos acordes a las circunstancias «particulares» y «bastante especiales» de las aguas del Silala, permitiendo así responder a las necesidades e intereses compartidos por ambas Partes.

De más está decir que el Silala no es el único curso de agua transfronteriza con Chile, y aunque los primeros pasos para abordar el tema de los recursos hídricos se dieron en los últimos años, no basta con retomar esta agenda, sino que Bolivia debe proyectar una doctrina propia que defina con claridad los objetivos de su Diplomacia del Agua, es decir su papel a nivel bilateral y en la región.

Proyección estratégica de la Diplomacia del Agua

La creciente complejidad de la crisis hídrica global que observamos en el informe de la OMM y el impacto acelerado del cambio climático exige una redefinición de las prioridades de Estado. En este escenario, la gestión de los recursos hídricos deja de ser un asunto de estricta competencia técnica o sectorial para convertirse en un tema prioritario para la Política Exterior, la diplomacia y la seguridad nacional.

Por ello, el Ministerio de Relaciones Exteriores no debe dar por sentada la trascendencia de esta agenda, al contrario, debe asumir la Diplomacia del Agua como una herramienta de resiliencia climática y gobernanza multinivel, debe articular diálogos de alto nivel bilaterales y regionales, promover el intercambio de información científica, convocar el asesoramiento de organismos multilaterales como la OMM y gestionar financiamiento internacional predecible, adicional e innovador.

Bolivia posee una posición hidrográfica singular en América del Sur, esta condición de articulador hídrico le otorga la legitimidad estratégica para proponer una agenda regional de resiliencia y cooperación, pero a su vez proyectar un liderazgo diplomático proactivo incrementando la capacidad de atracción de fondos multilaterales para la adaptación climática, dado que la arquitectura financiera internacional prioriza las intervenciones regionales por las siguientes ventajas:

• Movilización y escala: Los fondos climáticos e instituciones financieras internacionales prefieren colocar paquetes de financiamiento de gran envergadura (varios países) en lugar de administrar múltiples operaciones pequeñas de forma individual.

• Eficiencia operativa e institucional: La canalización multilateral de proyectos unifica los costos de transacción, fiscalización y evaluación administrativa entre varios Estados participantes.

• Transparencia: Los esquemas multinivel establecen marcos normativos comunes de auditoría y monitoreo con supervisión internacional, incrementando la certidumbre operativa para los cooperantes.

• Bienes Públicos Regionales (BPR): Los eventos climáticos extremos y la tensión hídrica ignoran los límites fronterizos; por ello, los cooperantes favorecen la financiación de respuestas integrales orientadas a la raíz común del riesgo socioambiental.

• Economías de escala: Permite un efecto multiplicador de capacidades técnicas, intercambio de mejores prácticas y estandarización de sistemas de alerta temprana regional.

La velocidad con la que el cambio climático altera nuestras cuencas y compromete la disponibilidad de agua nos exige actuar con extrema urgencia. En este escenario crítico, la sola articulación técnica resulta insuficiente, y debe ser el Ministerio de Relaciones Exteriores el que asuma un rol proactivo y proyecte la Diplomacia del Agua con visión de futuro; entenderla no comoun ejercicio retórico ni un trámite burocrático, sino como elinstrumento geopolítico indispensable para resguardar la seguridad hídrica de nuestra población, garantizar la soberanía sobre nuestros recursos vitales y promover a Bolivia como un referente propositivo e integrador en América del Sur.

 

 

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