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Bolivia ha atravesado más de treinta días de tensión, incertidumbre y confrontación. Más de treinta días en los que algunos sectores han intentado detener caminos, cerrar rutas y paralizar actividades bajo la convicción de que el bloqueo es el único mecanismo para alcanzar sus objetivos.

 Sin embargo, hay algo que quienes apuestan por la paralización del país parecen haber olvidado.

 Han olvidado que Bolivia es mucho más grande que cualquier conflicto coyuntural.

 Han olvidado que los bolivianos, sin importar nuestro origen, el color de nuestra piel, la región en la que nacimos o la lengua con la que aprendimos a hablar, compartimos una convicción profunda: sabemos hacia dónde queremos ir como nación. Y estamos dispuestos a asumir los sacrificios que ese camino demande.

 Porque la historia de Bolivia nunca fue escrita por quienes se quedaron inmóviles. Fue construida por hombres y mujeres que trabajaron en los campos, en las minas, en las fabricas, en los mercados, en las universidades y en las carreteras. Fue construida por generaciones que entendieron que el futuro no se hereda; se construye.

 Es verdad que existen errores. Sería irresponsable negarlo.

 El gobierno, comete equivocaciones. En ocasiones demuestra desconocimiento de realidades regionales, tarda en corregir decisiones y muchas veces no logra escuchar con la rapidez que la población demanda.

 La crítica legítima es parte de toda democracia saludable. Pero una crítica legítima jamás puede convertirse en una excusa para intentar detener a todo un país. Porque una nación no puede vivir permanentemente secuestrada por la confrontación.

 Bolivia necesita debate, pero también necesita producción.Necesita protesta cuando corresponde, pero también necesita trabajo. Necesita voces críticas, pero también necesita propuestas.

 Y por encima de todo, necesita diálogo. Dialogo sincero entre bolivianos que piensan diferente, que votan diferente y que rezan de manera diferente.

 Porque nuestras creencias pueden ser diversas, pero existe un elemento que nos une a todos: la FE.

 La fe del agricultor que siembra sin saber si la lluvia llegará.

 La fe del emprendedor que abre su negocio cada mañana.

La fe de la madre que confía en un futuro mejor para sus hijos.

La fe del joven que estudia soñando con aportar a su país.

 La fe de quienes creen en Dios desde distintas posiciones y también de quienes creen profundamente en la fuerza de la comunidad y del esfuerzo humano.

 La fe auténtica no se bloquea.

 No se intimida.

 No se quiebra.

 Y cuando un pueblo conserva su fe, conserva también su esperanza.

 Hoy Bolivia necesita menos consignas y más diálogo. Menos amenazas y más acuerdos. Menos imposiciones y más entendimiento.

 No porque debamos renunciar a nuestras diferencias, sino porque debemos aprender a administrarlas sin destruir aquello que nos pertenece a todos.

 La patria no es de un partido político. No es de un líder. No es de una organización.

 La patria es de millones de bolivianos que cada día se levantan para trabajar, producir, educar a sus hijos y construir un futuro mejor.

 Esa mayoría silenciosa no aparece siempre en los titulares ni en las redes sociales. Pero es la que sostiene al país cuando llegan los momentos difíciles.

 La que sigue adelante cuando otros quieren detenerlo todo. La que entiende que Bolivia vale más que cualquier disputa circunstancial. La que este presente en lugares donde hay ausencia del estado.

 Por eso, frente a quienes apuestan por el enfrentamiento permanente, debemos responder con firmeza, pero también con serenidad. Con la fuerza de nuestras convicciones. Con la decisión de defender la democracia. Con la voluntad de dialogar.

 Y con una fe que no conoce derrotas.

 Porque somos un pueblo que ha sobrevivido a crisis, conflictos y adversidades mucho mayores.

 Porque tenemos sentido de patria.

Porque tenemos la decisión de avanzar.

Porque tenemos una fe inquebrantable.

Porque, por encima de cualquier diferencia, seguimos siendo una sola nación.

 Somos Bolivia.

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