Cabo Verde: La selección del desarrollo

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Hay países que juegan al fútbol con once jugadores. Otros juegan con once millones. Y luego está Cabo Verde, que decidió jugar con el planeta entero.

La revelación del Mundial no fue únicamente su fútbol alegre ni su admirable disciplina táctica y resiliencia. Tampoco la serenidad con la que enfrentó rivales infinitamente más ricos y poblados. La verdadera sorpresa ocurrió mucho antes de que rodara el balón.

Los dirigentes de Cabo Verde comprendieron una verdad elemental: el país no terminaba donde terminaban sus playas. Descubrieron que sus mejores futbolistas estaban repartidos entre Portugal, Francia, Holanda, Bélgica y otros rincones del mundo. Algunos eran profesionales; otros combinaban el entrenamiento con trabajos completamente ajenos al deporte. Vozinha, se arquero estrella, trabajó durante años como electricista en Portugal mientras atajaba los fines de semana para un club de segunda división.

Y entonces hicieron algo extraordinariamente inteligente: en lugar de lamentarse porque su talento había emigrado, fueron a buscarlo. Inclusive los buscaron los Linkedln. Es una estrategia tan sencilla que resulta casi ofensiva para quienes creen que la planificación consiste únicamente en inaugurar edificios y cortar cintas o colgarse repitiendo Cabo Verde, Cabo Verde…

Mientras muchos países siguen preguntándose cómo evitar que la gente se vaya, Cabo Verde decidió preguntarse cómo hacer que quienes ya se fueron sigan jugando para su país. El fútbol, como suele ocurrir, terminó enseñando una lección mucho más importante que el fútbol.

Durante décadas, América Latina utilizó una expresión dramática: fuga de cerebros. La frase transmite una tragedia nacional. Formamos médicos que terminan operando en Madrid, ingenieros que diseñan puentes en Canadá, investigadores que publican desde Boston,programadores que crean empresas en California, grandes maestros de obra gruesa construyendo edificios en Londres, eximios artesanos produciendo en San Pablo, maravillosos seres humanos aportando a la economía del cuidado en Barcelona, miles de excelente agricultores cuidando de la dieta en Buenos Aires. Parece una derrota.Pero no. La economía moderna comenzó a cuestionar esa mirada.

Autores como Robert Lucas demostraron que el verdadero motor del crecimiento económico es el capital humano. Paul Romer añadió que las ideas generan rendimientos crecientes y que el conocimiento puede multiplicarse indefinidamente. Más recientemente, el Banco Mundial y la Organización Internacional para las Migraciones comenzaron a reemplazar el concepto de brain drain (fuga de cerebros) por otro mucho más interesante: brain circulation, la circulación del conocimiento.

La diferencia parece semántica, pero cambia completamente la política pública. La pregunta ya no es cómo impedir que la gente emigre. La pregunta es cómo lograr que nunca deje de pertenecer al proyecto nacional.Y les aseguro que los bolis, son muy querendones de su tierra. Me consta. Un tercio de vida he pasado fuera de Bolivia. Pero como se dice técnicamente, para no perder el acento del alma, siempre ¨he volvido¨. Otros no lo han hecho, pero dejaron su corazón en su Bolivia.

La nacionalidad económica y productiva ya no depende del lugar donde uno desayuna. Bolivia lleva décadas discutiendo gas, litio, hierro, oro, soya y tierras raras.Mientras tanto, ha venido exportando silenciosamente su recurso más sofisticado. Las personas. Quizá nuestro principal producto de exportación ya no será el litio. Definitivamente es y será el talento humano.

Y, como suele ocurrir con nosotros, ni siquiera nos dimos cuenta. Invertimos años formando un profesional o un técnico y luego celebramos que consiguió trabajo en otro país… sin preguntarnos cómo mantener viva esa relación.Es una curiosa política industrial: exportamos cerebros con arancel cero y valor agregado máximo.

Irlanda dejó de considerar a sus emigrantes como una pérdida y comenzó a tratarlos como una red internacional de inversiones y contactos. Israel mantiene programas permanentes para que científicos residentes en el exterior investiguen parcialmente en su país. India convirtió a los ingenieros instalados en Silicon Valley en uno de los pilares del desarrollo tecnológico de Bangalore. China creó incentivos para que miles de investigadores regresaran a fundar laboratorios y empresas. Corea del Sur y Taiwán hicieron exactamente lo mismo durante sus procesos de industrialización. Cabo Verde formó su selección con la diaspora.

Ninguno de estos países obligó a regresar a sus ciudadanos. Les dio razones para seguir conectados.Existe una enorme diferencia. Las personas no vuelven por decreto. Vuelven por oportunidades. Y, si no vuelven físicamente, pueden hacerlo mediante inversiones, transferencia tecnológica, mentorías, enseñanza de experiencia, redes empresariales, investigación conjunta o capital de riesgo. La tecnología convirtió el regreso en un concepto mucho más amplio que comprar un boleto de avión.

Se estima que entre un millón y medio y dos millones de bolivianos viven fuera del país. Muchos envían remesas.Pero ese probablemente sea el menor de sus aportes potenciales.

Entre ellos existen miles de médicos, investigadores,albañiles, empresarios, cocineros, cuidadores, agricultores, profesores universitarios, ejecutivos, ingenieros, programadores, garzones, especialistas en inteligencia artificial, biotecnología, minería, finanzas y comercio internacional. La mayoría conoce instituciones que funcionan, mercados competitivos y tecnologías de frontera. Ese conocimiento vale mucho más que cualquier remesa.

Sin embargo, Bolivia sigue relacionándose con su diáspora casi exclusivamente para organizar elecciones o renovar pasaportes. Es como contratar a Lionel Messi para que únicamente corte la cinta de inauguración del estadio.Hace poco celebraremos doscientos años de vida republicana. Quizá haya llegado el momento de ampliar nuestra definición de país. Bolivia no termina en Villazón, Desaguadero, Pisiga, Puerto Suárez o Yacuiba. Bolivia también está en Buenos Aires, Madrid, São Paulo, Santiago, Washington, Barcelona, Sídney o Boston.

Allí también hay bolivianos trabajando duro en diversos sectores. Ellos forman parte del patrimonio nacional, aunque no aparezcan en las estadísticas del INE. Son nuestra diaspora.

Los países pequeños no pueden darse el lujo de desperdiciar talento. Cabo Verde entendió esa lección para jugar un Mundial. Bolivia debería entenderla para jugar algo mucho más importante: el desarrollo. Porque, al final, los países ricos no son aquellos que retienen a toda su gente. Son aquellos que logran que su gente, viva donde viva, nunca deje de jugar para el mismo equipo. La selección del desarrollo.

 

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