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La frase viene de la antigua Roma y describe una estrategia tan vieja como vigente: ofrecer entretenimiento, espectáculo y controversia para mantener a la sociedad distraída de los problemas que realmente importan.

El concepto quedó inmortalizado en la expresión latina “panem et circenses”, utilizada por el poeta Juvenal para describir cómo el poder podía mantener tranquila a una población ofreciéndole alimento y entretenimiento mientras las decisiones importantes se tomaban lejos de la mirada pública.

Han pasado casi dos mil años, pero el mecanismo sigue siendo reconocible.  Ya no necesitamos un Coliseo lleno de gladiadores, pues tenemos redes sociales, titulares, declaraciones explosivas, acusaciones cruzadas y una política convertida muchas veces en espectáculo.

Cada día aparece una nueva historia.  Un escándalo desplaza al anterior. Una declaración genera indignación. Una acusación ocupa las portadas.  Una respuesta provoca otra respuesta.  Y mientras todos discutimos quién dijo qué, dejamos de preguntarnos: “qué está pasando realmente?

Nos convertimos en una sociedad que termina consumiendo política como si fuera entretenimiento.   Y cuando la política se convierte en espectáculo, la emoción reemplaza a la evidencia.

Lo que estamos viendo también en el último caso de un atentado.   Un hecho grave que merece una investigación seria y profunda puede terminar convertido en una sucesión de titulares: una víctima señala a una persona, la Policía actúa, surgen declaraciones políticas y, antes de que existan todas las respuestas, una parte de la sociedad ya ha dictado sentencia.  Pero hay una diferencia fundamental entre señalar, investigar y probar.

La declaración de una víctima debe ser escuchada, valorada y sometida a corroboración dentro de una investigación seria.   El Estado tiene la obligación de investigar.   Si existen elementos contra una persona, deben ser investigados sin privilegios ni excepciones.  Pero precisamente porque queremos justicia, debemos exigir algo más que un espectáculo mediático.

¿Dónde están las pruebas? ¿Dónde están las pericias? ¿Dónde están las cámaras, los registros, los testimonios, la evidencia material y la reconstrucción de los hechos? ¿Existió realmente una situación de flagrancia? ¿Cuál fue el fundamento jurídico concreto de la intervención policial?

Preguntas incómodas, pero necesarias. Pues pedir pruebas no significa defender al acusado.  Significa defender el principio de que nadie puede ser condenado por la presión de la opinión pública.  Y también significa defender a la propia víctima.

Si mañana descubrimos que una acusación fue equivocada, no habremos hecho justicia. Habremos producido otro daño.  Y en democracia, la indignación no puede reemplazar al debido proceso.

La justicia no puede construirse a partir de lo que creemos que ocurrió, sino a partir de lo que puede demostrarse que ocurrió.

Lo paradójico es que permitimos que un escándalo se convierta en una cortina de humo que nos haga olvidar las preguntas de fondo.

Mientras el país discute nombres, acusaciones y enfrentamientos políticos, hay decisiones de Estado y problemas económicos que siguen ocurriendo fuera de la pantalla.  Por eso conviene recordar el verdadero sentido del “panem et circenses”.  El problema no es solamente que alguien ofrezca el espectáculo.  El problema comienza cuando nosotros aceptamos mirar el espectáculo y dejamos de exigir respuestas.

Roma tenía su Coliseo.  Nosotros tenemos nuestras pantallas.  Investigar el atentado. Proteger a la víctima. Encontrar al responsable.   Pero también respetar la presunción de inocencia, exigir pruebas, dentro de un debido proceso. 

El pueblo no necesita más circo.

Necesita verdad.

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