A 40 años de la muerte de Edmundo Rivero, la voz que llevó el tango al mito, el lunfardo al arte y a Borges a la milonga
Edmundo Rivero nació en 1911 y desarrolló su carrera como cantor y guitarrista, brillando como figura central en la orquesta de Aníbal Troilo durante los años cuarenta.[1] Su voz de bajo, profunda y varonil, rompió con los moldes de su época para otorgarle al género una crudeza emocional sin precedentes, convirtiéndose en el máximo guardián del lunfardo.[1] Su estilo austero y su porte imponente lo convirtieron en un símbolo del tango porteño y en una figura indispensable de la noche de Buenos Aires.[1] Fue parte de esa orquesta hasta 1950, cuando inició su carrera solista.[1] A fines de los años cuarenta, Rivero ya era reconocido como una de las voces mayores del tango.[1] Participó en películas como El cielo en las manos en 1949 y Al compás de tu mentira en 1951, y en 1952 registró uno de sus sencillos más recordados, Cuando me entres a fallar.[1] En 1969 fundó El Viejo Almacén, espacio que se transformaría en un santuario para el tango, consolidando su rol de guardián del género y de la poética porteña.[1] En 1985 recibió el Premio Konex de Platino como Mejor Cantante Masculino de Tango.[1] El 24 de diciembre de 1985 sufrió una miocardiopatía que lo dejó internado durante tres semanas en el Sanatorio Güemes.[1] Falleció el 18 de enero de 1986 a las 10:35 horas a causa de una insuficiencia cardíaca.[1] Con más de 700 canciones registradas y al menos 23 álbumes de estudio, entre ellos antologías de lunfardo y colaboraciones históricas con Borges y Piazzolla, su voz de bajo se desplegó en toda su magnitud, dejando un vacío que solo puede llenarse volviendo a escuchar su emblemática versión de Sur.[1]









